Cortos del taller audiovisual 2014

June 15, 2014
15 Jun 2014

Mi pasión por el fútbol

Hamza – Marruecos

 

Esperanza

Ivan – Bulgaria

 

La historia sin final

Daniela – Moldavia

 

Mis tres días de oscuridad

Jota – Guinea Ecuatorial

 

¿Por qué a mi?

Sócrates – Ecuador

 

Soñadores

Jasheer – Perú

Malick

May 20, 2013
20 May 2013
Illustración por Jessica Stamler

Ilustración por Jessica Stamler

A los 27 años, Malick, un nativo de Gambia viviendo en Senegal, partió para las Islas Canarias en un bote de madera destartalado con 113 personas. Había días en los que las olas azotaban contra la patera y las tormentas sacudían su nave y su espíritu; días en los que Malick rezaba constantemente, días en los que pensaba que nunca llegaría. Todos tenían frío y hambre. Después de once días en el mar, los 110 que quedaban llegaron a la orilla de las Islas Canarias.

La Cruz Roja los recogió y los llevó a un campamento en las Islas Canarias. Los temores de antes fueron reemplazados por nuevos. El mayor de ellos: la deportación.

Por primera vez desde que se había marchado, Malick podía hacer una llamada. No se había despedido ni de su madre ni de ninguno de sus 16 hermanos. Había mandado a un amigo a decirle a su madre que se había ido a Gambia para buscar trabajo. “No quería asustarla”, dijo. Fue ese día entonces desde el centro de la Cruz Roja que escuchó la voz de su madre en el teléfono. “Hola mamá”, dijo. “Estoy en España”.

“¡¿Qué?!” exclamó su madre. “¿Estás enfermo? ¿Estás bien? ¿Estás a salvo?”

“Sí, sí. Estoy bien. Estoy a salvo”, prometió.

¿Valía la pena el riesgo? Para Malick, y para la mayoría de la juventud de Senegal, la respuesta era que sí. Era el año 2006 cuando Malick partió de Senegal, y la educación empujaba a los jóvenes a buscar oportunidades más allá de las que les podía ofrecer su país. Malick no había sobrepasado la educación primaria, pero la mayor parte de su generación tenía un nivel de educación mucho mas elevado que sus padres. Pero no había salidas. “Algunos son felices haciendo de vendedores el resto de sus vidas, pero el 90 por ciento de mi generación tenía otras ideas.” Era contagioso, el sueño de salir. “Durante muchos años quise ir a Nueva York. Tenía amigos que me decían que fuera a Buenos Aires. Otros decían Suiza. Yo soñé con todos ellos”, recordaba. Entonces alguien le dijo España. Es más, tenía una forma de llegar. Malick no dudó. “Voy”.

Después de un mes en la Cruz Roja de las Islas Canarias, tras el cual no podía ser deportado ya, Malick fue trasladado a la península. Su primera meta era aprender el idioma, así que lo llevaron a Santander, donde la Cocina Económica, el centro local de inmigración, hacía obligatorias las clases de español a todos lo que se beneficiaran de sus servicios.

En el año 2006, Malick se encontraba entre la primera oleada de migrantes que se filtraban al norte de España. Alrededor de 1999, inmigrantes de Latinoamérica, del norte de África y de África occidental, entre otras regiones, empezaban a migrar hacia España. Muchos otros países europeos, sobre todo sus vecinos mediterráneos (Francia, Portugal e Italia) tenían ya una larga historia de inmigración; sin embargo, antes del cambio de siglo, menos de un uno por ciento de la población española era de nacimiento extranjero. Cuando empezó el influjo, los inmigrantes acudían en masa a las ciudades grandes de España o se quedaban en el sur. El norte fue la parte que mas tardó en mezclarse. Cuando Malick llegó al norte, la presencia de un hombre negro y alto con rastas cortas causaba murmullos dondequiera que fuera. “No era discriminación”, dijo Malick. “Era curiosidad.” Y Malick que era extrovertido tenía ganas de compartir.

Conoció a gente enseguida. Durante su primer día en Santander, estaba sentado en un autobús estudiando un mapa que tenía en su regazo cuando un hombre de su edad se acercó y le preguntó qué buscaba.

“La Cocina Económica”, dijo Malick, mirándolo.

“Baja en la próxima parada”, dijo el hombre. “Te llevo hasta allí.”

Así hizo Malick su primer amigo.

Siguió conociendo gente nueva con facilidad. Sus primeras relaciones conllevaban mucho español chapurreado, repetición y rascando de cabeza, pero en un corto periodo de tiempo sobrepasó en fluidez a muchos de sus compañeros mientras se tiraba de cabeza a la cultura española.

Malick reconoce las diferencias que existen entre él y muchos otros migrantes. Vino a este país con las ganas, el deseo y el afán de hacerse parte de España. De aprender el idioma, adoptar la cultura, casarse y tener una familia aquí. No iba a volver a casa. Sin embargo, muchos otros inmigrantes a los que conocía vinieron con la idea de vivir en España por tan sólo una temporada, para ganar algo de dinero o escapar de una mala situación en su país. Vivían a través de las personas que se quedaban atrás; se sustentaban en el sueño de regresar. “Esas personas pueden vivir hasta años sin aprender a hablar el idioma”, Malick reconoció. “Quizás vayan al mercado todos los días, monten sus puestos, vendan unas pulseras o unos bolsos, pero después regresan a un apartamento con otros senegaleses. Comen con senegaleses, rezan con senegaleses y tratan de vivir una vida senegalesa en España”. Pero Malick no vino a eso. Malick aprendió el idioma enseguida, hizo amigos españoles, salió con chicas extranjeras. No se siente como si fuera español, pero sí completamente adaptado.

En la época en la que llegó a España aún había mucho trabajo, y Malick encontró un trabajo de jardinería en un hostal de San Vicente de la Barquera, un pequeño pueblo de Cantabria. Un día durante su tercer año, uno de sus compañeros le presentó a un español llamado Alberto. A Alberto le fascinaba Malick y lo quería saber todo sobre su país. ¿Vivías en la playa? ¿Cómo era el clima? ¿Había olas grandes? Alberto era surfista, y se quedó tan impresionado con la historia de Malick que quiso ir a Senegal.

“¿Has vuelto alguna vez?”

“Todavía no. Sin tener papeles y eso…” Malick estaba trabajando pero hacía falta tener un contrato para poder solicitar la nacionalidad.

“Ya. Pues, cuando decidas volver, yo quiero ir contigo. Compraré mi billete y el tuyo.”

“Guay. Por supuesto.”

“Ah y otra cosa. En cuanto te encuentre trabajo, te lo comunico.”

No era una promesa vacía. Unos meses más tarde, Malick firmó un contrato con la familia de Alberto, que tenía un restaurante en el pueblo vecino de Cabezón de la Sal. La casa de la familia de Alberto se convirtió en un segundo hogar. Se quedó con su apartamento en Santander, pero aun así pasaba días seguidos con la familia de Alberto, y se convirtió en una reconocida y bienvenida figura en el pequeño pueblo.

Aunque ya tiene la nacionalidad, todavía no ha vuelto a su país de origen. Admite que estará un poco nervioso al hacerlo. “Han sido siete años. Tú dejas las cosas de una manera y luego vuelves y tus hermanos que eran bebés han crecido, y tus amigos de la juventud están casados…” Se encoge de hombros. “Las cosas serán distintas”.

Malick aprecia lo que tiene aquí. Disfruta de cada momento, sabiendo que su optimismo y su actitud valen más que cualquier plan. Lo único que tiene que hacer es preguntarse, “¿Cómo es que nací en Gambia, crecí en Senegal, me dirigía a Nueva York y acabé aquí?” En su experiencia, está bien hacer planes, pero la vida consiste en las sorpresas y los desvíos, no las expectativas.

Rachid

May 20, 2013
20 May 2013

A veces, lo único que sabes es cómo terminará la historia. “Sé que moriré con mis pies en mi tierra y que seré enterrado en un kafn blanco, pero antes de eso, tienen que ocurrir muchas cosas”, dijo Rachid, un inmigrante marroquí que lleva once años en España.

Rachid viene de una gran familia de Tánger, una zona de Marruecos que recibe muchos turistas europeos. Llegó a conocer a muchos de ellos mientras trabajaba de guía turística a los veinte años y pico. Con una familia en particular, forjó una relación especial. Era una familia de españolas: una mujer, Maribel, y sus dos hijas, unos años más jóvenes que él. En más de una ocasión, viajaron con Rachid durante sus visitas a Marruecos. “Ahora te toca a ti visitarnos en España”, insistió Maribel. “Ven. Tienes una casa en Santander”.

Rachid siempre había querido explorar Europa. Se sentía inspirado por los turistas que venían a su país de una parte del mundo desconocida y tentadora. Ya había muchos marroquíes viviendo en España que causaban una fuerte impresión en su patria. Aquellos que volvían por una temporada ahorraban unos cientos de euros al año. Mientras que ese dinero ni siquiera les alcanzaría para un mes de alquiler, gastos o compras en España, en Marruecos el alcance iba mucho más allá de las necesidades. Estos hombres se compraban ropa cara, alquilaban coches elegantes y ya después regresaban a España para volver a una vida de pobreza. Pero a los ojos de Marruecos, España era una tierra de reyes. Rachid era tan iluso como cualquier otro.

Era difícil entrar legalmente en España, pero el marido de Maribel que era empresario le escribió una oferta de trabajo para que pudiera conseguir papeles. Unas semanas más tarde, Rachid entró en España con un visado. La familia le hicieron sentirse bienvenido y lo acogieron en su casa en Santander. “Les cogí mucho cariño durante su tiempo en Marruecos, y Maribel era como mi madre”, Rachid recordaba. Pero de repente un día se dio cuenta de la gravedad de su error.

El marido acababa de irse al trabajo y las hijas estaban fuera cuando Maribel empezó a insinuarse a Rachid. “Tenía la edad de mi madre y pensaba que el cariño que me tenía era como el de a un hijo”, Rachid rememoró. “Estaba casada, era mucho mayor. Le dije, ‘No me permitiré hacer esto, ni me lo permitirá mi cultura o religión’”. Así que Maribel le echó a la calle.

Rachid ni consideró la posibilidad de regresar a Marruecos. “Estaba en España y tenía papeles. Jamás volvería a tener una oportunidad así si regresara a Marruecos”. Así que se quedó. Encontró trabajo enseguida, al principio unos trabajos esporádicos en la construcción. Ya después tomó unos cursos y consiguió trabajo de educador en un centro para jóvenes con problemas sociales. De vez en cuando se cruzaba con las hijas de Maribel por la calle, pero nunca volvió a ver a la familia que lo trajo hasta aquí.

Con la llegada de la crisis se agotaron los trabajos y Rachid lleva ya varios meses en el paro. Sin embargo, tiene aún más posibilidades de conseguir un buen trabajo en Europa que en Marruecos, así que no está preparado para volver a su país. Su próximo destino será Alemania. Tienen que pasar aún muchas cosas antes de que esté listo para regresar al lugar en el que terminará su historia.

Hanane

May 20, 2013
20 May 2013
Illustración por Jessica Stamler

Ilustración por Jessica Stamler

Hanane viene de Mostaganem, un pueblo en la costa norte de Argelia, donde se enamoró de un español en el 2008. En los meses que siguieron, se casó con él, se vino a España y enamoró del país, tuvo un bebé, del que se enamoró también, y desde entonces no ha dejado de enamorarse cada día.

Antes de la primavera del 2008, Hanane trabajaba en un hospital. Durante su descanso una tarde de abril, estaba en un café con tres amigas cuando cruzó la mirada con un hombre que le hacía ojitos. Esa misma tarde, intercambiando un guiño, dos nombres y un número de teléfono, un hombre llamado Roberto pasó de ser un desconocido a la persona que determinaría su futuro.

“Hanane”, le declaró una semana más tarde, “Tu eres la mujer con la que me quiero casar”.

Tras unos meses pisándoles los talones de una gran boda argelina tradicional, Hanane siguió a Roberto hasta Cabezón de la Sal, España, para iniciar una nueva vida. Una auténtica nueva vida. Mudarse a otro país donde todo lo que había aprendido hasta la fecha estaba obsoleto, balbuceando un puñado de palabras, le resultó duro, si no inesperado. Según ella, si tienes una vida perfectamente legítima y las cosas que tienes son válidas, tus relaciones, tus estudios, tu trabajo, tus pertenencias, y de repente tienes que empezar de cero, tienes que validarte de nuevo. “Estoy en una escuela para adultos tomando clases para 2º de la ESO”, dijo. “En mi país tengo una licenciatura. Aquí no me califica para nada”.

Aun así, andar de esto desalentó a Hanane. Empezó a estudiar español enseguida usándolo cuanto más podía. Hizo amigos en el barrio, en cafés y en tiendas. “¡Me encanta hablar!” proclamó. “Bien o no bien, tal como salga de mi boca!” Ahora está orgullosa de poder hablar, entender, leer y escribir en español.

Este país ha sido abierto y acogedor con ella, pero Hanane es consciente de sus diferencias. Ve que mucha de la gente que conoce aquí se siente incómoda con las cosas que son de fuera, extranjeras, empezando con la carencia de idiomas. “En mi país, el árabe es nuestro idioma, pero también hablamos francés y aprendemos otros dialectos del árabe. Ahora estoy aprendiendo español y acabo de empezar con inglés.” Tanto a nivel cultural como individual, Hanane ha llegado a reconocer que el idioma puede ser tanto una herramienta como una barrera, y encuentra que en Cantabria, la gente ve mas el idioma como un obstáculo que como un recurso.

Aunque el idioma no representa ya su mayor problema, sus constantes deseos e intentos de adaptarse hacen que le sea mucho mas difícil mantener una conexión con su cultura. Depende fuertemente de su religión para conectarla con sus raíces, y para ella, ser musulmana significa varias cosas: sí, significa rezar cinco veces al día, ayunar durante el mes de Ramadán y susurrar las palabras “Allahu akbar” en el oído de su hija cuando la sostuvo en sus brazos por primera vez. Pero también honra su religión de muchas otras formas, cuando ayuda dando comida a aquellos que no tienen durante el Ramadan, en su paciencia y amor por todas las nuevas experiencias que la vida la proporciona, en su orgullo por ser quién es y cómo es. En varias maneras, entre el Islam, el cuscús y su hija medio-argelina, Anissa, Hanane mantiene elementos de su pasado en España.

Luis

May 20, 2013
20 May 2013
Ilustración por Jessica Stamler

Ilustración por Jessica Stamler

Luís Delgado dejó su hogar en Chepén, Perú cuando tenía 18 años, hace ya casi 15 años. Vino de una comunidad agricultora y una familia pobre pero feliz a la que le gustaba bailar, contar chistes e ir a la playa. Vivían en una chacra, un terreno pequeño que compartían con sus vecinos y su extensa familia. Luís era el cuarto de siete hermanos, pero pertenecía a una gran familia de alrededor de 220 primos provenientes de los 31 tíos que eran hermanos de sus dos padres.

Juntos trabajaban la chacra. Las familias trabajaban en equipos y compartían los quehaceres. Algunas familias se dedicaban a la cocina, otras al campo. Algunas familias caminaban a diario 300 metros hasta el pozo para recoger agua en baldes y llevarla para casa. Otras familias salían a los montes para recoger la cosecha, que incluía calabaza, arroz y trigo. Todo se compartía.

Para Luís, el día empezaba a las 6:00 de la mañana. Él y sus hermanos se levantaban antes que el sol e iban al campo con su padre. Durante las horas de más calor, se echaban una siesta, y luego volvían a su trabajo hasta las 8:00 de la tarde. Cuando era niño, el padre de Luís tenía un chiringuito, donde cobraba unos 5 soles (aproximadamente un euro) cada día. Esos cinco soles eran todo lo que tenía para dar de comer al batallón que era su familia. Los demás comían pan duro (“Pero piedra parecía”, recordaba Luís) y bebían agua. Ni siquiera era potable; el agua que bebían venía directamente del suelo.

Mas tarde empezó su carrera en la universidad como sus hermanos mayores, estudiando ingeniería de sistemas. Sin embargo, después de tres años su familia ya no lo podía sostener, así que dejó sus estudios, dejó su casa y se fue a la capital en busca de trabajo. Ninguno de sus hermanos fue capaz de conseguir su licenciatura y volvieron a Chepén a seguir trabajando de cualquier forma que pudieran. Ninguno tenía trabajo con vista de futuro.

Luís tenía 18 años cuando se fue a Lima. “Era horrible”, recordó. “Era muy duro para mí, y a mi madre le dolía mucho oír lo que le contaba”. Dormía en las calles, en bancos o cajeros; encontraba un cartón para extender en la calle y ahí mismo dormía. Finalmente encontró trabajo en una textilería, donde pasó un par de meses de remendador y costurero de ropa. Ganaba lo suficiente como para comer y tener un techo, pero no se estaba construyendo una vida. Escatimando, ahorraba cinco soles (aproximadamente un euro) al mes. “No era lo suficiente ni para ahorrar ni estudiar ni para ningún capricho por ahí”, dijo.

Así es que cuando unas amigas que se habían mudado a España le dijeron que podrían encontrarle trabajo allí, rápidamente contestó, “Si me arreglan los papeles yo voy enseguida”. Ocho meses después, se mudó a San Sebastián, España. Tenía 19 años. Trabajaba de pastor con cientos de ovejas que sólo respondían a llamadas en Euskera, la lengua del País Vasco. “Iba al campo y veía 200 ovejas dándome la espalda, comiendo de la hierba. Les decía “¡Torneáux!” y todas levantaban la cabeza al unísono y decían, “Baaa”. Luís se rió con nostalgia. En el campo se sentía cómodo. Se crió con los animales; lo escuchaban, lo seguían.

Se sentía a gusto en este trabajo, pero finalmente llegó el día cuando al volver del campo su jefe le dijo, “Luís, ya no tengo para pagarte”. Para Luís esto significó tener que volver a empezar desde cero. Se dejó llevar por varios trabajos. Estuvo durante un año en la construcción pero siempre se sentía frío; el clima era frío, la gente era fría, y se abrigaba hasta parecer una de sus ovejas pero ni con esas conseguía quitarse el frío de encima. Continuó buscando trabajo y acabó aceptando uno lavando platos. Fue un accidente, confesó. “No sabía que marmitón significaba ‘lavaplatos’.” Sin embargo, este error lo condujo a otro camino: después de seis meses y 14 horas al día en la cocina, tomó prestado un libro de su jefe y dos semanas libres, estudió lo más que pudo y se hizo chef al volver al trabajo. Le gustaba cocinar: preparar el pescado, la carne y todo tipo de repostería, y estaba ganándose una vida, pero no su propia vida. Las horas eran demasiadas por lo que se fue otra vez. En esta ocasión montó su propia frutería hasta que encontró su trabajo actual, sirviendo comida en un café, donde lleva siete años ya trabajando.

“Estoy a gusto aquí”, dijo. Las horas, que son moderadas, y el salario digno han llevado a Luís a una nueva vida. Tiene amigos. Tiene tiempo libre que dedica a nadar y surfear o andar en moto por las calles. Ahora mismo está dirigiendo un negocio en Perú y ha ganado el dinero suficiente como para hacer posible que su hermano menor sea el primero de la familia en graduarse con una licenciatura. “No cambiaría nada”, dijo Luís. Ha sido duro, pero él ha sabido trabajar, ha sabido valorarse y ha sobrepasado sus sueños.

Rolande

May 20, 2013
20 May 2013

“Maldita góndola”, escribía Iñaki en la postal que enviaba a su novia desde Roma seis años después de que una góndola cambiara la vida de ella para siempre.

“La cuestión es”, nos contó Rolande, “que podría ser ‘bendita góndola’ al fin y al cabo”.

Una larga serie de golpes de buena y mala suerte llevaron a Rolande desde su ciudad natal de Douala, Cameroon hasta Italia a sus 35 años. Comenzó cuando tenía tan solo 4 meses de edad y su madre se puso enferma. Su padre, no sabiendo qué hacer, cogió a su hija y condujo hasta un orfanato a 200 kilómetros de allí.

Dos intentos de volver con su familia a las edades de 5 y 10 años la llevaron a intentar adaptarse al agradable pero humilde estilo de vida que es el de una granja, mucho menos privilegiado y organizado que el orfanato. Para Rolande, el trabajar en el campo era un castigo. “Cuando en el orfanato te levantabas y veías escrito en la pizarra al lado de tu nombre la palabra ‘campo’, era porque te habías portado mal”. Le era imposible aceptar este estilo de vida como suyo, y tras el fracaso del segundo intento de adaptarse a la vida de su familia, su padre volvió a llevarla al orfanato, donde permaneció hasta que tuvo 23 años.

Nunca perdió el contacto con su familia; su padre la visitaba regularmente, en ocasiones con su madre o con algún hermano. Y a medida que el país se fue desarrollando más y más, con mejores carreteras, las visitas pasaron de ser mensuales a semanales. Por tanto durante su entrada en la adolescencia desarrolló un miedo y una sensación a haber sido el producto de una mala fortuna; tenía miedo de tener una familia feliz de la cual ella no podía formar parte. No fue hasta que cumplió los 18 años que empezó a ver las cosas de otra manera.

Durante su estancia en el orfanato recibió una educación, en concreto experiencia en tareas de secretaria, por lo que a los 18 años encontró su primer trabajo como la secretaria de un abogado. Era la primera vez en su vida que estaba ganando algo de dinero, dinero que era suyo y de nadie más. Y por si fuera poco, su familia estaba pasando por una mala racha y ella podía ayudarles. Darse cuenta de que era la única de sus hermanos que tenía una educación y que podía ayudarles hizo que algo despertara en ella. Encontró un propósito para sí misma. De la noche a la mañana, su mala suerte se había transformado en oportunidad.

A sus 35 años, tuvo la oportunidad de estudiar en Torino, Italia durante tres meses. Al mes y medio de su estancia, Rolande y dos amigas, una chica de Finlandia y otra de Benín estaban haciendo algo de turismo por Venecia y en algún momento entre el inicio y el final de un viaje en góndola, el futuro de Rolande cambió para siempre.

Al comienzo del recorrido, el gondolero les indicó dónde dejar sus maletas y bolsas detrás del asiento. Cuando llegaron al final, las maletas ya no estaban. “Lo perdí todo”, decía Rolande. Llevaba toda su documentación en esas bolsas. “No podía subirme a un avión, no podía volver a Camerún”. La policía les proporcionó unos pases con los que podrían desplazarse por Europa pero no había nada que hacer con respecto a la pérdida de sus documentos de identidad. En muchas ocasiones recuperaban los pasaportes, les decía la policía. Pero si no se daba el caso, tendría que esperar tres años para poder volver a su país.

Tras acabar su curso en Italia, Rolande se fue a Santander con la chica de Benín, ya que ésta tenía algo de familia aquí, pero al poco tiempo, ésta se fue al sur de España. Rolande no tenía motivos para irse, por lo que permaneció en Santander. Encontró refugio en la Cruz Roja y esperó a encontrar trabajo.

No hablaba ni una palabra de español cuando fue contratada para cuidar a una pareja de ancianos en Santander. El hombre para el que trabajaba era un viejo banquero jubilado que todas las mañanas se levantaba, se ponía una bien planchada camisa y corbata para después sentarse a tomar el desayuno junto a su mujer, quien estaba muy enferma. El hombre se portó siempre muy bien con Rolande y apreciaba su trabajo. “Yo no podía casi hablar español, pero sí podía planchar camisas”, recordaba Rolande mientras se reía. Siempre se sintió muy cómoda a pesar de la barrera del idioma, pero decidió aprovechar las circunstancias para aprender español. Leía, hacía preguntas y todos los días, tras su siesta, el hombre se sentaba con ella a ayudarla con esta dura tarea. La hacía practicar diciendo en alto expresiones y escribiéndolas después para que pudiera aprender cómo escribirlas y cómo pronunciar el español. A los tres meses era capaz de comunicarse con ellos y con sus familias, contestar al teléfono y poder llevar su vida diaria con compostura.

Cuando la mujer del banquero murió a los nueve meses, encontró trabajo cuidando a otra mujer, donde actualmente continúa. Es un trabajo bien pagado, mucho mejor que en Camerún, y durante cierto tiempo, vivió muy cómodamente, comprando cosas cuando las quería y gastando dinero sin problemas. Pero algo no estaba bien. Habiéndose criado entre monjas, sentía la necesidad de dar a cambio. Una ansiedad que continuaba creciendo dentro de ella la llevó a despertarse un día no pudiendo ver las cosas con claridad. Tras ir al médico durante dos semanas y no encontrar respuesta se dijo entonces una noche a sí misma, “Voy a hacer algo más”.

Se levantó de la cama, con una visión clara de nuevo, con dedicación. A través de la parroquia local comenzó a ayudar a una familia de madre soltera y cinco hijos, cuyo padre había perecido durante un incendio en su casa. Cuando se dio cuenta de que realmente estaba marcando una diferencia y de que había gente interesada en colaborar con ella convirtió esta iniciativa en una organización no gubernamental (ONG) que ahora cuida de las familias de 42 niños.

Desde que su ONG tomó lugar, Rolande ha ido conociendo a su actual pareja, Iñaki, un hombre del País Vasco con quien trabaja ahora para alcanzar su actual meta. Juntos, están intentado llegar al lugar del que Rolande vino, Camerún, mediante un orfanato para gente necesitada o desfavorecida.

Por primera vez desde que se fue, Rolande volverá este verano con Iñaki a Camerún para organizar el orfanato. Fuertemente volcada en su religión e historia personal, Rolande pretende transmitir el mensaje de que una mala situación no tiene por qué ser una tragedia, sino una oportunidad.

Baba

May 20, 2013
20 May 2013

“El problema ya estaba ahí mucho antes que nosotros, simplemente nacíamos de pleno en el. Como la generación anterior, y la anterior, y la anterior. Siempre había estado ahí”.

Así describió Baba el conflicto que afligía a su tribu en Ghana. A pesar de que la tribu tenía ya una larga historia de conflictos, Baba decía: “No lo veías. Era algo de lo cual oías, y sabías a qué lado estabas, pero no veías nada pasar.” Hasta el 2002. La violencia estalló mientras el tío de Baba lideraba la tribu. Era el mismo problema de siempre: la familia, la jefatura. Todos eran familia, pero estaban divididos y todos estos problemas y conflictos no permanecerían latentes mas tiempo ya. Su tío fue asesinado, junto con otros miembros de la familia, y Baba ya no estaba a salvo. Las fuerzas de seguridad en Ghana eran conscientes del conflicto y mantenían bajo control la violencia dentro de los límites de la tribu, “pero si ibas al centro o salías para comprar algo al mercado, podían pillarte”, decía Baba mientras nos enseñaba su cara, acribillada de cicatrices.

Huyó durante algunos meses, primero a la Costa de Marfil, luego a Niger; durante cuatro años vivió en Libia para estudiar el Corán. A veces había paz y la vida seguía como siempre por lo que Baba regresaba a su país hasta que volvía a estallar la violencia. Al mismo tiempo, todos sentían la llamada a Europa; la gente hablaba de ello. Finalmente, en 2010 y después del asesinato de su padre, Baba decidió ir a España.

Baba viajó con un grupo de africanos occidentales y pasó libremente por Burkina Faso, Niger y Mali hasta la frontera con Argelia. Pero para entrar en Argelia o Marruecos, a cualquier africano le hace falta un visado, a menos que viaje con un pasaporte malí. Los miembros del grupo consiguieron como pudieron estos pasaportes de forma que pudieron atravesar Argelia sin incidentes, sólo para dar comienzo al verdadero reto.

Los norteafricanos conocían bien los grupos como éste. Las zonas pobladas tenían una alta vigilancia y los agentes de patrulla deportaban a menudo a los migrantes ilegales a la tierra de nadie que se encontraba entre las fronteras. Baba y sus compañeros se mantenían alejados de los pueblos mientras viajaban por Argelia, pasando a través de la ciudad fronteriza de Maghnia y hasta Marruecos. Por la noche montaban sus campamentos en los arbustos de afuera de los pueblos para reducir las posibilidades de ser captados por las patrullas. Pero a veces la policía iba a las afueras, a las tierras salvajes donde dormían al aire libre, y los pillaban. Baba fue devuelto a través de Maghnia tantas veces que memorizó el camino y terminó ayudando a cruzar a otros. Después de muchos intentos, llegaron a Marruecos, para enfrentarse al siguiente reto: Europa.

Durante el viaje, los hombres de cada país se segregaban por grupos; cada país era una secta pequeña. No obstante, Baba describió una especie de código de hermandad que unía a todos los africanos occidentales durante el camino. Se confiaban, se apoyaban y si uno hacía algo malo, se aseguraban de que, por medios pacíficos, hubiera justicia. Económicamente, emocionalmente, logísticamente, dependían los unos de los otros. El problema era que este código no se extendía entre norteafricanos.

En Marruecos, su objetivo era encontrar un árabe que, por alrededor de 1000 euros cada uno, les proporcionaría una patera que usar para cruzar el Mar Mediterráneo hasta España. Sus ‘hermanos’, otros africanos occidentales que habían cruzado antes, los ayudaron a encontrar un árabe. Pero este árabe marroquí no formaba parte de la hermandad. Para él no había rendición en las cuentas.

Cuando finalmente el grupo de cincuenta personas estuvo listo para salir en la patera, la lluvia y las aguas turbulentas azotaban contra la orilla del mar. No había forma de cruzar. Tampoco había forma de esperar ahí sin ser capturados. Regresaron al centro y esperaban a que mejorara el tiempo. Entonces, cuando por fin la lluvia desapareció, también lo hizo su marroquí y su dinero. Volvieron a empezar de cero.

Finalmente tuvieron éxito. Cruzaron el Mar desde Marruecos a Almería, donde la Cruz Roja los recogió y los llevó a un campamento en Barcelona. Tradicionalmente había sido campamento de deportación, algo muy inquietante para ellos. Durante días, Baba vivió con el miedo de que su viaje entero hubiera sido para nada. Fue entonces cuando la Cruz Roja lo interrogó y le informó que era un caso de asilo político. Después de varias reubicaciones, de Bilbao a Torrelavega a Santander, se estableció en la Cocina Económica, el centro inmigrante de Santander. Actualmente, está ahí tomando clases de español y trabajando unas horas a la semana con las monjas que dirigen el centro.

Baba no tiene ni documentos ni un verdadero trabajo. Llegó en el 2010 cuando España estaba ya bien entrada en la crisis económica. Cuando tuvo que renovar su residencia le fue negado el asilo político, ya que Ghana era considerada estable en cuanto a su economía y su política. “Ghana no tenía problemas”, Baba reconocía. “Al menos no a nivel de país. Pero mi tribu seguía luchando.”

Más allá del miedo a violencia, Baba tiene miedo de volver a casa con las manos vacías. “He gastado mi tiempo”, dijo. La gente a la que dejó atrás ha conseguido trabajo, se ha adelantado en la vida, y él tiene miedo de haber gastado tiempo, energía y dinero llegando a España para haber recibido tan poco a cambio.

Cada día habla con su madre. Cada día le pide que vuelva a casa. “Sí, mamá”, dice simplemente. Sabe que ella no espera nada de él, pero siente que debe seguir apoyándola, sin importar la distancia, y que debe de recibir al menos una parte de lo que ha ganado, sin importar lo poco que sea. Regresará, pero antes de eso, está en España y está decidido a sacar algo de ello.

Nasrin

May 20, 2013
20 May 2013

En junio del 2009, miles de iranís se lanzaron a las calles de Teherán en protesta por la reelección de Mahmoud Ahmadinejad como presidente. Su aplastante victoria olía a fraude y dejaba a sus ciudadanos reclamando: ¿Qué ha ocurrido con mi voto? Mientras que las protestas se intensificaban, la oposición masacraba las multitudes. Ciudadanos de la población eran seleccionados metódicamente y al azar y asesinados. Nasrin no sólo se encontraba viviendo en Teherán mientras la violencia abrumaba su ciudad sino que además estaba implicada.

“Sabía que iban a venir por mí,” reconoció, por lo que ella y su hijo de diez años abandonaron su hogar y huyeron a casa de un pariente. Cuando finalmente fueron a buscarla, solamente encontraron a su marido. Se lo llevaron. “Pasó meses en la cárcel por lo que hice”. Nasrin sabía que no estaba a salvo en Irán, así que, con su marido en la cárcel, tomó a su hijo y salió del país. Pero, ¿adónde podían ir?.

Mas de un año antes, la hermana de Nasrin había intentado huir a Canadá y había pagado a un iraní para que la llevara allí. El hombre la llevó hasta Santander, España antes de abandonarla. Se encontró a sí misma en una ciudad donde no tenía nada: ninguna persona, ninguna palabra del idioma o un euro, nada. Así que cuando Nasrin huyó, lo hizo en dirección a su hermana.

Las dos hermanas se enfrentaban a situaciones muy distintas debido al tiempo que había transcurrido entre sus llegadas. Su hermana había conseguido trabajar con un abogado y consiguió asilo. Nasrin fue a un centro de inmigración para pedir asilo, pero lo único que le concedieron fueron unos firmes “lo sentimos”.

Por lo que se fue a Alemania. Sabía que allí había iranís viviendo en asilo. Pero la Unión Europea tiene una regla que desconocía: en resumen, si mamá dice que no, no puedes pedírselo a papá; si España te dice que no, no puedes pedírselo a Alemania. Una vez más negada de asilo, se vio obligada a volver a España donde lo volvió a solicitar y donde se lo negaron una vez mas.

Pero hay una salida de esta situación: si puede conseguir una oferta de trabajo, una hoja firmada por un patrono establecido, puede solicitar la residencia. Pero en sus tres años y medio de estancia en España, Nasrin no ha podido encontrar trabajo.

Una vez, una agencia la ayudó a conseguir una entrevista. La oferta era 350 euros al mes por jornadas de trabajo de 13 horas, de lunes a viernes. “¿Qué piensas que soy?” preguntó Nasrin.

“Necesitas trabajo, ¿no?”

“Necesito trabajo”, me dijo a mí, “pero no soy un animal. Soy una persona humana”.

Nasrin vivió de sus ahorros durante una temporada, y ahora recibe dinero de su marido, quien ha salido de la cárcel y está de vuelta al trabajo con libertad condicional. Pero Nasrin necesita trabajo. Y mas allá de sostenerla aquí, un trabajo es la única posibilidad de escapar, tanto para ella como para su hijo.

Su hijo Kamran, de 14 años, es la mayor preocupación de Nasrin. Hasta donde ella puede ver, su felicidad y futuro no existen aquí. Siendo niño, tuvo la suerte de aprender fácilmente español a los pocos meses de haber llegado; sin embargo eso no lo ha ayudado a integrarse. En la escuela se enfrenta a un racismo invencible. Durante su primer año, un chico publicó en Twitter una foto de Kamran junto con las palabras “Hijo de Bin Laden”. Nasrin apareció en el colegio al día siguiente para hablar con su profesor. “Tiene que hacer algo”, insistió Nasrin, pero la profesora la miró tristemente y le dijo que no podía controlar lo que ocurría en internet. En otra ocasión, Kamran regresó a casa con la huella de una mano en la cara, y una vez más, Nasrin fue derecha al colegio. Solamente después de que una chica confesara que había visto el incidente, reconoció la profesora qué realmente había sucedido. “Son cosas de niños”, dijo con indiferencia. Y en aun otra ocasión, Kamran había estado corriendo por una entrada cuando un grupo de chicos en el otro lado cerraron la puerta de golpe, haciendo que Kamran se estrellara a través del cristal. Nasrin lo ha llevado al hospital en cuatro ocasiones por heridas relacionadas con el acoso.

Un día, un chico del colegio llamó a la casa mientras Kamran no estaba. Cuando volvió, Nasrin le dijo que un amigo había llamado. “Aquí no tengo amigos”, contestó Kamran.

“Es dificilísimo ser inmigrante”, Nasrin reflejó. “Hasta que tengas papeles, no podrás tener una tarjeta de crédito, abrir una cuenta bancaria, usar el correo, comprar un billete de avión o ir al medico…” Para ella lo peor es no poder darle una vida mejor a su hijo, quien la ruega que consiga una oferta de trabajo para poder obtener la residencia e irse de aquí.

En Teherán Nasrin fue ingeniera eléctrica durante 20 años. Aquí no espera trabajo en ese campo, no mientras incluso los españoles más cualificados están sufriendo en ese aspecto, pero en su tiempo libre ha adquirido diferentes habilidades, desde la cocina hasta el diseño de ropa. A lo mejor la lleven a un trabajo, pero, según ella, “Si no puedo trabajar, más me vale seguir aprendiendo.”

A sus ojos, el problema es la gente que no entiende la situación; la gente ve a alguien sin papeles y no quiere meterse por miedo. No entienden lo que ella necesita de ellos, lo que está en riesgo y lo que no, prefieren mantenerse las manos limpias. España está en crisis y lo último que la gente quiere es la crisis de otro encima. Para Nasrin, esta falta de entendimiento es la auténtica crisis. Al final la mejora solamente vendrá si las personas de ambos lados se dan cuenta de sus responsabilidades, su derechos y sus capacidades.

Patrice

May 20, 2013
20 May 2013

Patrice nació en Camerún, siendo el mediano de sus hermanos y todo lo que ello implicaba. Su padre se preocupaba a menudo por su hijo. “¡No eres mi padre!” se escuchaba gritar a Patrice con frecuencia. “Voy a escaparme de casa. ¡Me voy a ir!” Así que un día, cuando Patrice tenía diez años, su padre salió a dar una vuelta a solas con el. Se sentaron en un café, pidió una cerveza para sí mismo y un zumo para su hijo. Mientras bebían, le dijo a Patrice, “Sé que tenemos algunos problemas ahora. Pero cuando seas mayor vamos a ser buenos amigos. Veo algo en ti que no veo en ninguno de mis otros hijos. No puedo explicártelo ahora que eres tan joven, pero creo que en cinco años podré.” Pero a los cinco años, el padre de Patrice falleció de una enfermedad. Patrice todavía se pregunta qué era lo que su padre veía en él.

Patrice dejó Camerún hace diez años cuando tenía 24. Habiendo terminado el bachillerato, pasó unos años trabajando en una pequeña tienda de su ciudad natal y ya estaba listo para irse. No es que la situación fuera terrible. De hecho, Camerún recibía una buena cantidad de inmigrantes de otras partes de África; la educación era mejor y, después de todo, la gente no moría de hambre ni era sumamente pobre. No obstante, reinaba por el país una sensación de que había cosas mejores “por ahí” y mucha gente joven estaba deslumbrada con el sueño de explorar.

Patrice jugaba al fútbol, así que un amigo suyo de Buenos Aires le animó a probar suerte jugando en un equipo de Sudamérica. Patrice pasó varios meses en Argentina y Ecuador, pero le desalentaba un rotundo y duro racismo que le resultaba inexplicable. A nadie le gustaba ver africanos, y nadie los intentaba entender. “No era el idioma”, Patrice reconocía. “Mi español no era bueno pero podía comunicarme. Una cosa es no entender y otra cosa es no quererlo hacer”. A una se la puede vencer. A la otra no.

Por lo que Patrice volvió a Africa, pero no a casa. En esta ocasión, su destino fue Dakar, Senegal. Y una vez más, le asombraba el racismo que veía. “Allí, ¡éramos todos africanos, éramos todos del mismo color! Pero sólo te dejaban en paz si tenías dinero”. Así que Patrice continuó con su viaje. De Dakar a la Costa de Marfil, y de la Costa de Marfil a Níger, luego a Argelia, Marruecos y finalmente Melilla. Trabajaba donde podía. Y en aquellas ocasiones en las que necesitaba dinero, llamaba con vergüenza a casa; pero siempre llegaba a fin de mes.

Una vez salió de Senegal, Patrice tuvo mejores experiencias. El racismo se desvaneció. Cuando finalmente llegó al norte de África, empezó a sentirse como en casa. Los árabes, explicó, comprendían las necesidades de la gente. “Si veían que necesitabas algo, no te dejaban estar sin ello”. En Argelia alquiló una habitación de una mujer que vivía con sus hijos en una pequeña casa. Se suponía que debía pagar cada semana, pero en breve la mujer le dijo, “Eres un hijo más. Ésta es tu casa”. Jugaba con sus niños, ayudaba donde podía y pagaba si tenía el dinero, pero se volvió como un hogar para él. “Entraba en la puerta y ahí estaba ella para saludarme, para ver si estaba bien o no. Era difícil dejar eso atrás”. Pero Patrice no estaba aún listo para instalarse.

En Marruecos, experimentó una hospitalidad parecida. Conoció a un marroquí de su edad que nunca antes había visto a un negro. Le fascinaba Patrice, el color de su piel, los lugares de donde venía, las fotos de fútbol que llevaba en su cartera, y tenía ganas de presentarle a su grupo de amigos. Ésta fue la persona que cuidó de Patrice durante su temporada en Marruecos. Pero Patrice tampoco se instaló allí.

Para entonces, su destino era ya España. Europa era como una leyenda en África. Limpia, justa, un lugar donde el trabajo venía fácilmente y también el dinero. Pagó 3000 euros a un árabe para esconderse en el maletero de su coche mientras cruzaba la frontera de Melilla, una de dos ciudades españolas del continente africano. Ese día dio sus primeros pasos en tierra europea, y se juntó con los cientos de inmigrantes que venían de todas partes de África en el campamento para ilegales de Melilla.

Había 800 personas en el campamento y la mayoría no eran simples exploradores. Muchos huían los horrores de la guerra o el hambre. Muchos estaban desesperados; muchos estaban allí desde hacia ya largo. Dormían ocho en cada tienda, y muchas veces pasaban los días dentro. Las mujeres en particular perdían el tiempo discutiendo en estos pequeños espacios.

Fue Patrice quien trajo cambios consigo. Anunció que iba a haber un torneo de fútbol. “Todo el mundo tiene que jugar!” declaró. Las mujeres protestaban pero bajo su entusiasmo e insistencia cedieron. Patrice dio vueltas por todo el campamento con hojas de papel, grabó nombres, nacionalidades y organizó personas en equipos por país. La Copa Mundial en miniatura comenzaba y la gente salía de los dormitorios para defender sus países en la cancha o para ver el último partido. “¿Quién es el responsable de esto?” los directores del campamento preguntaban, asombrados. Patrice se ganó una reputación como el hombre que lo empezó todo.

Allí era feliz. Tenía tareas a cambio de comida y refugio, tenía una rutina, tenía amigos. Recibió un poco de enseñanza en jardinería y después de dos años, fue llevado a la península en el 2012. Por su experiencia en jardinería, fue al norte para buscar trabajo en medio del verde de Cantabria. En ocasiones encontró algo de trabajo pero la crisis lo ha dejado en el paro. Ha aprendido que España no es tan perfecta como en la imaginación colectiva africana. “Hay cosas buenas: España es limpia, sus escuelas son buenas, hay igualdad con la mujer. Un hombre no puede tener a tres mujeres en la misma casa como en Camerún. Se ve bien en el superficie. Pero por dentro está dolida también”.

Patrice lleva ya diez años fuera de casa. Su objetivo ahora mismo es volver a Camerún en cuanto dé con el dinero para un billete. “Necesito ver a mi madre”, dijo. Nada más, nada menos. La necesidad de explorar sigue dentro, pero es el espíritu el que se ha filtrado. Quiere ver a su familia, dejar que lo llenen de nuevo antes de partir otra vez.

Souleymane

May 5, 2013
05 May 2013

Un retrato

Los primeros recuerdos y el camino a España:

Cuando era niño estaba con mi madre porque mi padre estaba en Guinea-Bissau. Casi todos los días estaba con ella. Cuando mi madre se fue a Gambia y no me pudo dejar me llevó a estar con ella. Volví con mi madre a mi país. Cuando tenía 14 o 15 años me iba a clase de árabe. No estudiaba mucho, solo dos o cuatro años. Preferí dejar de estudiar porque veía la situación de nuestro padre. Por eso no pude porque tenía que trabajar para ayudar a mis hermanos y padres. Por eso trabajo desde 1999 en el mar hasta ahora.

Luego, en 2006, pensaba en venir a España pero mi padre no quería que yo fuera. Muchos han muerto en el mar. Yo prefería ir porque había muchas personas que venían aquí haciendo lo quo yo quería hacer. En marzo de 2009 salí de Senegal para buscar el camino de inmigración. Vine a Mauritania en junio de 2009. Pasé un año y medio ahí. Estaba ahí buscando manera de salir para España. No tenía idea porque cada día la policía estaba circulando en el mar para vigilar. Por eso decidí salir de Mauritania y venir a Marruecos. Salí de Mauritania el 16 de agosto de 2010. Tenía en Marruecos dos meses. El primero de octubre de 2010 me entré en Melilla. Estuve ahí durante 3 meses y las policías me pillaron y me llevaron a Barcelona durante dos meses casi. Había mucha gente que no estaba en una situación legal. El gobierno recogió a mucha gente y la llevó a Barcelona.
Luego vine a Guadalajara cuando me libraron. Estuve ahí durante 2 o 3 días. Luego vine a Santander. Detuve en Santander el primer de marzo de 2011.

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